En la película “Una mente brillante” referente a John Nash un estudiante universitario se observan las diferentes emociones por las que transita, que como lo menciona Casassus (2006) son la expresión de las necesidades no satisfechas, que pulsan en cada ser y que buscan ser satisfechas consciente o inconscientemente. En este caso Nash revela una carencia de pertenencia y reconocimiento, ya que para él es difícil socializar.
Posee una personalidad más enfocada al racionalismo a tal grado que era torpe para expresar sus sentimientos y emociones, no había un equilibrio. En cuanto a su comunicación empática, se puede decir que estaba en el primer plano, es decir solamente recibía pero le era difícil dar, conectarse con los demás.
John había desarrollado también cierto egocentrismo al querer ser postulado para la beca de posgrado, lo que implica una de sus debilidades en cuanto a la conciencia emocional y disposición a la apertura, demostrando enojo e ira al enterarse que tal vez el no era el elegido y sí su compañero Hansen, quien demostró tener una personalidad más equilibrada.
Se percibe la tendencia de J. Nash al aislamiento ya desde que había ingresado a la universidad, tal vez como uno de los síntomas de la enfermedad que se haría presente más tarde y diagnosticada como esquizofrenia paranoide, caracterizada por pérdida de contacto con la realidad e ideas delirantes de persecución.
Ya al final de su vida y cuando recibe el premio nobel, se le nota más coherente en cuanto a sus emociones, lo que nos hace reflexionar que no todo en la vida de una persona con mente brillante o excepcional es felicidad, debe existir un justo equilibrio entre racionalidad y emoción, para lograrlo hay que desarrollar ciertas habilidades o competencias emocionales, es decir lograr la inteligencia emocional para tener éxito.
Lo anterior nos lleva a la reflexión de que algunas personas inteligentes hablando en términos cognoscitivos, a veces no logran el éxito por falta de competencias emocionales.
